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miércoles, 15 de abril de 2009

L a Pobreza



Se alzaba setenta centímetros sobre el suelo y quería ser rico, en su infancia sin zapatos y mal vestido, envidiaba a los niños que veía pasar para ir al colegio. Siempre anduvo en la calle, porque en su casa había riñas y palizas. Una vez más escapando de su padre y su borrachera constante, corrió afuera chirriaron los frenos de un coche, pero nadie salió de la sucia casa para ver que había pasado.
Despertó en un extraño lugar , a través del cristal vio gente vestida de verde que andaba con prisa , estaba en una cama y por una especie de tubo blanco se asomaba el pie colgado delante de sus ojos, estaba cavilando que lugar seria ese cuando entro una chica con ropa verde y una bandeja en las manos que coloco en una mesita a su alcance, el olor era delicioso y devoró integro su contenido, se estaba apoderando de él la somnolencia propia de la digestión cuando se abrió la puerta y entro Damián Salgado ,dueño de la hacienda y el hombre más rico de la comarca, sonriendo le dijo:” Me alegro que estés bien, mi nieta sigue asustada por el atropello, no cree que solo tienes una pierna rota”. Se sentó afable a su lado y le hizo preguntas; su nombre, donde vivía y también por su familia, a lo que respondió que estaba solo en la calle, una mentira unida a que nadie le buscó, sirvió para cambiar su vida, a partir de entonces tuvo zapatos y colegio uno de curas, el mismo del que le echaron cuando se acerco a pedir un poco de comida seis meses antes, ahora que le llevaba cada mañana el chofer del señor Salgado ,era bienvenido y se sentaba cada día en el comedor . Con el paso lento de los años, se ordeno sacerdote con el fin de agradar y la esperanza de alcanzar algo de la herencia de su benefactor, mientras esperaba ese momento, se fue como cooperante para ayudar, en este país tan castigado por la guerra, cada día sale del orfanato del que le asignaron ocuparse para ir a dar clases particulares a los hijos de la gente que vive al otro lado de la montaña, donde no silban las balas ni explotan las bombas, en la escuela que paga sus clases y donde debería estar en lugar de ese mugriento orfanato, y ni siquiera está del todo seguro de que pueda pellizcar la herencia Salgado, después de todo la hacienda está lejos y el viejo no quiere morirse aun. Por eso sigue con su práctica de siempre de aquello que dice: “que la caridad empieza por uno mismo”.
Una guerrera militar oculta su ropa, fuma un cigarrillo, mientras cruza la ciudad arrasada y evita a los supervivientes muertos de miedo y hambre, conduciendo rápido otro convoy de ayuda humanitaria camino del mercado negro.

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