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jueves, 30 de abril de 2009

Tiempo de Ajedrez




Esa madrugada Álvaro está encerrado en su despacho tratando de terminar el trabajo que ha traído de la oficina, la casa está en silencio hace mucho, los niños duermen y su mujer cansada de ver cerrada la puerta del despacho también se ha retirado.
Se oye un leve roce en la puerta… Álvaro piensa en tomar una taza de café y pedir disculpas a su mujer, se levanta y abre la puerta del despacho una figura de pálido rostro y de sexo indefinido está de pie en el umbral, mirándole fijamente.
Queda petrificado, no puede ser que esté en su casa y precisamente en la puerta de su despacho mirándole de frente.
Mira sin querer la profundidad de esos ojos en la pálida cara y como un autómata le sigue. Oye el chasquido de la puerta al cerrarse y el resto de su casa no está, en su lugar está el andén de una estación y un tren antiguo soltando vapor, suben a él la muerte abre la puerta de un compartimento y le invita a sentarse, Álvaro siente que entra en la dimensión desconocida y su incertidumbre aumenta cuando poniendo delante del un tablero de ajedrez la muerte dice:
---- ¡Juguemos para “matar” el tiempo!
A través de la niebla irreal de un tiempo muerto, corre ese tren, en las ventanas esta la nada, curiosamente no hay el traqueteo que se asocia a un tren de esas características, Álvaro está visiblemente alterado… la muerte cómodamente sentada frente a él, empieza la partida…
La velocidad del tren atravesando la noche va en aumento. La mente de Álvaro discurre casi a la misma velocidad no sabe porque está aquí ( todavía tiene que terminar el balance) y mucho menos porque ha seguido sin rechistar a la muerte ,siente que en esta partida de ajedrez se juega algo intangible pero importante , mueve el caballo y se da cuenta que va ganando, su contrincante juega en silencio, Álvaro fijando su mirada en la cuadricula del tablero empieza a pensar en su familia , por su cabeza pasan a toda velocidad escenas en las que siempre antepuso su trabajo a todo, la percepción de la luz es el todo y para él es tarde, su vida se le ha escapado de las manos tan deprisa como ese silencioso tren. Podía haber dicho… y también pudo hacer…
Ya no es tiempo, tiempo lo que siempre le faltó. Ahora como alguien que entrega lo más preciado del mundo y queda vacio mueve una figura diciendo con voz apagada, “jaque mate” cierra los ojos para no ver la expresión de su contrincante.
Siente un agudo dolor en el pecho y trata de abrir la puerta del compartimento tiene que salir del tren…
Asustado abre los ojos, esta sujetando fuertemente la manilla de la puerta de su despacho cuando cae al suelo con los ojos abiertos y el corazón parado.

domingo, 26 de abril de 2009

Danza Lenta




¿Has observado a los niños jugar en un parque?
¿Te has parado a escuchar la lluvia cuando golpea los tejados?
¿Alguna vez has seguido el vuelo errático de una mariposa?
¿Te has parado a mirar el sol del crepúsculo?
Afloja el paso, la danza es lenta…
El tiempo es corto, la música se acaba.
¿Corres a través de los días?
Cuándo preguntas como estas, ¿Escuchas la respuesta?
Cuando acaba el día,
¿Te echas en la cama pensando en los compromisos y tareas de mañana?
Es mejor que aflojes el paso. No dances tan deprisa…
El tiempo es corto, la música se acaba.
Has dicho alguna vez a un niño:”esto lo hacemos mañana”
Y en tu prisa no viste su tristeza.
Has perdido el contacto,
Has dejado morir una buena amistad por no tener un momento para llamar y decir:”hola”
Es mejor que aflojes el paso. No dances tan deprisa…
El tiempo es corto, la música se acaba.
Cuando corres deprisa para llegar a un lugar,
Pierdes la satisfacción de recorrer el camino para llegar allí.
Cuando te preocupas y muestras tu prisa a lo largo del día,
Es como si ese día fuera un regalo no abierto.
La vida no es solo trabajo, prisa y correr.
Prueba a vivirla más lentamente,
Saborea lo pequeño y cotidiano que te da el día.
Escucha la música que hay en ella antes de que tu canción se acabe.

El Continente Sumergido de la Atlantida

Este relato pertenece a una jovencisima escritora ella lo escribio para un concurso literario , para que todo el mundo pueda leerlo, he creido conveniente colgarlo en mi blog.



Dicen que el destino está escrito y que nada ni nadie lo puede cambiar y esta historia es la indicada para explicarlo.
Amanecía en Valencia, una ciudad, bañada por el mar mediterráneo y caracterizado por las arquitecturas de Santiago Calatrava.
A primera hora de la mañana partimos desde su bullicioso y ajetreado puerto. El señor Clarks me agarró fuerte de la mano antes de subir al enorme barco y me guió entre la multitud. Nuestra expedición estaba financiada por Henry Stone, mi padre. Envió a uno de sus hombres para protegerme, Tom Clarks. Días antes convencí a mi padre diciéndole que sería beneficioso para mis estudios. Mandó a un hombre mayor, este era el que había llevado a cabo la investigación y, por tanto el que dirigía la expedición. Era Peter Jones. El equipo también se componía por el capitán Marks con su tripulación y por cinco hombres más. Entonces subimos al barco y partimos con destino a la Atlántida.
Nos dirigimos al océano Atlántico pasando por el estrecho de Gibraltar en dirección a América. En el estrecho de Gibraltar embarcaríamos en un submarino para luego seguir hasta nuestro destino.
El señor Jones se basó en una teoría de Ignatius Donelly. Esta era que el continente sumergido de la Atlántida se encontraba entre Europa y América, y que se podría haber construido un puente terrestre entre ambos continentes y en el centro la Atlántida. Eso explicaría que los egipcios y los aztecas tengan algunos parecidos en su idioma. Donelly creía que si no existiera nada que uniera a América con Europa no podrían darse estas y otras coincidencias de civilizaciones separadas por un océano, el Atlántico. Allí estaba nuestro destino, pero para llegar teníamos que encontrar primero el puente que nos condujera hasta él. Era una misión compleja pero en la que yo solamente tenía que observar. Como habéis podido comprobar soy una mujer joven, hija de un hombre rico y huérfana de madre y aventurera. La gente cree que soy una niña mimada, pero no es cierto. Me llamo Jaemi, como mi madre, Jae para los amigos. Yo quería venir por si me pasaba algo emocionante, pero mi padre me dijo que solamente observaría.
Por la tarde llegamos al estrecho de Gibraltar y embarcamos en el submarino que nos esperaba. Cuando nos sumergimos vi que se quedaba en tierra la mayoría de las personas que antes venían con nosotros. Conforme más nos sumergíamos era más bonito. De repente chocamos contra algo y el capitán Marks miró el mapa con preocupación. El tiempo pasaba pero nosotros no nos movíamos. Y al fin, cansada de esperar que alguien me dijera lo que pasaba, pregunté con desesperación:
-¿Alguien me puede explicar lo que está ocurriendo? El único que me contestó fue el señor Clarks, que me respondió con firmeza: -Nos hemos quedado encajados en una roca. Y casi no terminó de acabar la frase cuando una luz inundó el submarino como agua entrando por las ventanas. La luz era cegadora pero yo no tenía miedo, sabía que era algo bueno. De repente salimos impulsados hacia delante con una fuerza antinatural y aquella luz, tal y como vino, se fue. Después de aquel suceso todos miraban al profesor Jones esperando una explicación, pero no parecía que fuese a abrir la boca.
-¡Por fin!-exclamó el profesor Jones al cabo de dos horas del extraño suceso. Al escuchar esto todos nos volvimos hacia la ventana donde se encontraba él. Nadie podía creerse lo que tenuemente se veía desde allí. Vagamente se podía distinguir a lo lejos una figura humana de unos 30 m y con un vestido muy extraño. Levantaba el brazo sosteniendo una de las cuerdas de un puente que parecía no tener fin. Cuando pasamos por al lado de aquella mujer enorme se observaba otra mujer exactamente igual. Habíamos encontrado el puente. Lo seguimos durante varios días, saliendo a la superficie dos o más veces al día. Cada vez veíamos más esferas de cristal. Yo sabía que no eran para decoración pero no dije nada. Los días se convertían en semanas, todos nos habíamos esperado la Atlántida más cerca de la península Ibérica. Pero de pronto y sin avisar volvió aquella luz tan rara, pero luego se apagó, esta vez no presentía nada bueno. Ahora estaba un poco asustada porque delante de mí se levantaba el continente sumergido de la Atlántida. Lo que veíamos era probablemente la capital, con edificios, que en su tiempo debieron de ser preciosos y que se levantaban a grandes alturas; sin embargo era un lugar terrorífico. Había algas por todas partes y casi no se podía ver nada de lo oscuro que estaba aquello. Era difícil imaginarse a gente riendo por aquellas calles inundadas. ¡Todo era tan fantasmagórico! Entonces la luz volvió y apuntó a las esferas de cristal que también había por la ciudad y todas se unieron a nuestro alrededor ¡Habíamos entrado en la boca del lobo! Aquella luz nos sacó de la roca para meternos aquí. -¿Quién es?-preguntó Tom Clarks. –Creo que es él.-dijo señalando una estatua en el medio de una gran plaza. Todos se preguntaban quien sería. Y entonces susurré: -El rey. Inesperadamente la luz se puso a hablar en un castellano muy, muy antiguo, probablemente hubiese estado en España en su época. Sin embargo la mayoría de nosotros entendía lo que decía. Nos contó una historia sobre la Atlántida que contaba su historia. Él era el rey pero fue un rey malvado y egoísta, tanto que un día sus ciudadanos decidieron que no debía estar en el trono, y lo mataron. Entonces un hechicero lo condenó a ser luz y contemplar la vida y la muerte de la Atlántida hasta el fin del mundo, a no ser que seis personas del mundo exterior toquen su estatua y así que resurja en la superficie del océano Atlántico la Atlántida. Antes de hacer nada provocaron mucho al rey para ver si aun tenía algo de maldad en su corazón, pero no, había aprendido su lección. Todos salieron a tocar su estatua y la superficie del océano se abrió para dar lugar al nuevo continente “Atlántida”. Cuando escapó el rey de su maldición nos dio las gracias y se perdió en el cielo. Pero luego algo no fue bien y hubo un huracán, se produjo un tsunami y este volvió a inundar la Atlántida.
Dicen que el destino está escrito y que nadie ni nada lo puede cambiar. Por tanto la Atlántida no está destinada a resurgir y así será, como debe de ser.

miércoles, 15 de abril de 2009

L a Pobreza



Se alzaba setenta centímetros sobre el suelo y quería ser rico, en su infancia sin zapatos y mal vestido, envidiaba a los niños que veía pasar para ir al colegio. Siempre anduvo en la calle, porque en su casa había riñas y palizas. Una vez más escapando de su padre y su borrachera constante, corrió afuera chirriaron los frenos de un coche, pero nadie salió de la sucia casa para ver que había pasado.
Despertó en un extraño lugar , a través del cristal vio gente vestida de verde que andaba con prisa , estaba en una cama y por una especie de tubo blanco se asomaba el pie colgado delante de sus ojos, estaba cavilando que lugar seria ese cuando entro una chica con ropa verde y una bandeja en las manos que coloco en una mesita a su alcance, el olor era delicioso y devoró integro su contenido, se estaba apoderando de él la somnolencia propia de la digestión cuando se abrió la puerta y entro Damián Salgado ,dueño de la hacienda y el hombre más rico de la comarca, sonriendo le dijo:” Me alegro que estés bien, mi nieta sigue asustada por el atropello, no cree que solo tienes una pierna rota”. Se sentó afable a su lado y le hizo preguntas; su nombre, donde vivía y también por su familia, a lo que respondió que estaba solo en la calle, una mentira unida a que nadie le buscó, sirvió para cambiar su vida, a partir de entonces tuvo zapatos y colegio uno de curas, el mismo del que le echaron cuando se acerco a pedir un poco de comida seis meses antes, ahora que le llevaba cada mañana el chofer del señor Salgado ,era bienvenido y se sentaba cada día en el comedor . Con el paso lento de los años, se ordeno sacerdote con el fin de agradar y la esperanza de alcanzar algo de la herencia de su benefactor, mientras esperaba ese momento, se fue como cooperante para ayudar, en este país tan castigado por la guerra, cada día sale del orfanato del que le asignaron ocuparse para ir a dar clases particulares a los hijos de la gente que vive al otro lado de la montaña, donde no silban las balas ni explotan las bombas, en la escuela que paga sus clases y donde debería estar en lugar de ese mugriento orfanato, y ni siquiera está del todo seguro de que pueda pellizcar la herencia Salgado, después de todo la hacienda está lejos y el viejo no quiere morirse aun. Por eso sigue con su práctica de siempre de aquello que dice: “que la caridad empieza por uno mismo”.
Una guerrera militar oculta su ropa, fuma un cigarrillo, mientras cruza la ciudad arrasada y evita a los supervivientes muertos de miedo y hambre, conduciendo rápido otro convoy de ayuda humanitaria camino del mercado negro.