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martes, 3 de marzo de 2009

La Joven Azul

Hay un lugar de rara belleza por el que suelo pasear con mi pequeño amigo de cuatro patas cada tarde, es la cima de una colina árida y desierta donde están las ruinas de un convento solo se conserva en pie parte del arco que antaño seria el portalón de entrada con restos de algo, que en vez de madera parece hueso roído y un banco de piedra gastada por el tiempo donde suelo sentarme, desde aquí veo el pueblo y una panorámica impresionante de las montañas me gusta sentir la paz que se respira, mi perro persigue a los pequeños animales como lagartijas que se esconden entre las piedras provocando sus ladridos de frustración entonces corre a traerme pequeños trofeos que llaman su atención una rama rota para que la lance, o tal vez una piña que usamos como pelota para jugar. Siempre me he preguntado porque siendo un lugar precioso está abandonado, durante nuestros paseos jamás he visto a nadie del pueblo aquí ni en los alrededores, compartiendo unas galletas y un rato de charla con Pedro el pastor, un hombre que diría de la misma edad que las ruinas, que está en todas partes y parece saber todo lo que acontece en la comarca, le pregunté porque no se restauraban las ruinas, como lugar turístico o algo así y me contó la más curiosa historia que he escuchado:
-” No chica este sitio no gusta a la gente del pueblo y tu tampoco deberías pasear por aquí, porque hace muchos, muchos años a mi me contó esto mi padre y siempre insistía que no me acercara a la colina al atardecer, porque aparecía una joven, ella se escapo de su casa envuelta en un mantón sarga azul, se cree que para encontrarse con alguien en el convento quizá un muchacho del que estaba enamorada, nunca nadie supo que pasó. Al atardecer del día siguiente es cuando encontraron un trozo del mantón que reconoció su madre. Desde entonces a esa hora confusa que no se distingue el día de la noche, es cuando se sienta en el banco de piedra, nadie sabe que quiere y porque lo hace, pero la gente de la comarca tiene miedo de ella y no se acercan nunca por aquí.”
No dejaba de pensar si la historia de Pedro daría para uno de mis cuentos mientras iba hacia las ruinas , oía a mi peludo amigo estaba ladrando al banco de piedra y a mi llamada acudió intranquilo y con un trofeo imposible que tengo delante mientras escribo, un trozo de sarga viejo, raido y azul.

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