
Cuando paseo salgo de Plassans por la puerta de Roma, situada al sur de la ciudad, veo a la derecha de la carretera de Niza, después de haber dejado las primeras casas del arrabal, un baldío designado en la región con el nombre de ejido de San Mittre todavía esta ahi.
El ejido de San Mittre es un cuadrilátero de cierta extensión, que se alarga a ras del borde de la carretera, del que lo separa una simple franja de hierba gastada. Por un costado, a la derecha, una callejuela sin salida lo bordea con una hilera de casuchas; a la izquierda y al fondo, lo cierran dos lienzos de muralla roídos por el musgo donde trepaba de niño, por encima de los cuales se divisan las altas ramas de las moreras del Jas-Meiffren, la finca de nuestra familia, que tiene su entrada más lejos, en el arrabal. Así cerrado por tres lados, el ejido es como una plaza que no lleva a ninguna parte y que hoy sólo cruzan los paseantes. Antiguamente había allí un cementerio .
Al pisarlo de nuevo vuelvo atrás en el tiempo y pienso que una de las curiosidades de este campo son unos perales de brazos retorcidos, de nudos monstruosos, cuyos frutos enormes jamás cogería ningún ama de casa de Plassans. En la ciudad se habla de la fruta con muecas de asco; pero los chiquillos del arrabal no tenemos esas delicadezas, y escalamos los muros en pandilla, por la tarde, con el crepúsculo, para robar las peras antes aún de que estén del todo maduras, sobre el muro, al sol ahítos de fruta vimos llegar a los soldados por la carretera. Sabemos de la guerra pero eso es por la frontera y es en Paris donde están preocupados por ella, y pero ahora los soldados están aquí en nuestra pequeña ciudad, corrí cuanto pude para ir a casa tenía que decírselo a mi padre que apenas salía de casa del abuelo desde que volvimos hace casi un año de Paris.
Entre por la puerta de atrás y quede paralizado por el sonido de unos golpes que provenían de arriba, me quede escondido entre la alacena y la escalera y vi bajar a mi padre empujado por un policía que lo saco a empellones de la casa, Salí por donde había entrado y vi un camión donde subieron a mi padre, allí estaba también mi abuelo y otros refugiados vecinos nuestros, ¿porque la policía se llevaba a mi familia? ¿ qué estaba pasando? escondiéndome de ellos seguí al camión que despacio se encamino de nuevo al ejido, una vez allí los soldados se hicieron cargo de las personas que transportaba y se marcho de nuevo, para volver más tarde cargado de mas gente. Escuche disparos tras el muro y los perales, estaba muerto de miedo y sin saber que hacer me escondí en la casa y desde allí pude ver igual que todos los demás, como durante dos días el camión cruzaba Plassans hacia el cementerio nuevo, con los cuerpos acribillados de los refugiados y los cuerpos de la gente que les había dado cobijo.
Nada de ceremonias religiosas: un acarreo lento y brutal. Jamás una ciudad se sintió más aquedada.
Durante varios años el terreno del viejo cementerio de San Mittre siguió siendo
motivo de espanto. Abierto al primero que llegase, al borde de la carretera
principal.
Han pasado muchos años de aquello, he vuelto para poner en venta la finca familiar y no he podido evitar un paseo por los alrededores.
Lo cierto es que la ciudad conservó ese terreno ,ni siquiera lo rodeó con una empalizada; entró quien quiso. Y, poco a poco, con ayuda de los años, se acostumbraron a aquel rincón vacío; se sentaron en la hierba de los bordes, cruzaron el camino, lo poblaron. Cuando los pies de los paseantes gastaron la alfombra de hierba, y la tierra batida se volvió gris y dura, el viejo cementerio tuvo cierto parecido con una plaza pública mal nivelada. Para borrar mejor todo recuerdo repugnante, los habitantes, sin darse cuenta, se vieron inducidos lentamente a cambiar la denominación del terreno; se contentaron con conservar el nombre del santo, con el cual bautizaron también el callejón sin salida que se abre en un rincón del campo; hubo un ejido de San Mittre y un callejón de San Mitrre.
Estos hechos datan de lejos. Desde hace más de treinta años, el ejido de San Mittre tiene una fisionomía particular. La ciudad, demasiado indiferente o dormida para sacarle partido, lo ha alquilado, por una pequeña suma, a unos carreteros del arrabal, que lo han convertido en depósito de maderas. Todavía hoy está atestado de enormes vigas, de diez a quince metros de largo, yaciendo aquí y allá, en montones, semejantes a haces de columnas derribadas al suelo.
Lo que ha acabado de imprimir a ese rincón perdido un extraño carácter es que, por costumbre tradicional, los gitanos que van de paso lo eligen como domicilio. En cuanto una de esas casas rodantes, que encierra una tribu entera, llega a Plassans, hoy puedo volver a verlos, esa gente vive al aire libre, sin avergonzarse.
El campo muerto y desierto, se ha convertido así en un lugar bullidor, lleno del ruido de las disputas de los gitanos
En esa vereda, cuyos muros están tapizados de musgo y cuyo suelo parece
cubierto de una alfombra de alta lana, reinan aún la vegetación exuberante y el
silencio estremecido del viejo cementerio. Se sienten correr por ella esos soplos cálidos y vagos de la voluptuosidad de la muerte que salen de las viejas tumbas.
Nadie, por lo demás, piensa ya en los muertos, solo los viejos, calentándose al sol poniente, hablan a veces entre sí de los cuerpos que vieron acarrear antaño por las calles de Plassans.
Debo volver a casa porque cuando cae la noche el ejido de San Mittre se vacía, se vuelve profundo, semejante a un gran agujero negro. Al fondo, sólo se vislumbra ya el resplandor agonizante de la hoguera de los gitanos. A veces, unas sombras desaparecen silenciosas entre la espesa masa de tinieblas. Sobre todo en invierno, el lugar resulta siniestro.




