He buscado un canto definitivo, en estos días de bruma…. Un canto que cuaje tras el nudo en el pecho una esperanza distinta. Y el canto, no sé porqué, duele. Quizás sea porque ese canto ha de llegar a mi alma sin ningún viso de identidad. La sensación de no ser de aquí, ni de ser de allá… de no necesitar, de compartir una mirada limpia, sin buscar con la mente las luces vencidas del amargo destino. ¡Las luces vencidas del amargo destino! ¿Qué esperas de la vida, paloma?
Nuestra paloma tirita su ansiedad en el sopor de la inquietud, aún dudando entre los alminares de la vieja Alejandría o piar con escándalo por los lagos helados de la joven Noruega.
Quiero deciros que mientras canto y se desternilla la garganta buscando con rabia la neblina de un Yo deshecho, he sabido que lo imprescindible es compartir desde un núcleo neutro… es desde allí donde mi corazón se siente en verdad satisfecho.
Piemos juntos sin usar las fronteras estériles que limitan la mente, sin el norte métrico del desamparo, sin el agobio excitante de ese Ser o no Ser que dilata con espanto las cuencas de los ojos.
Cuando te tomo la mano y te miro desde el resto de inocencia que aún conserva mi pecho, sé que siembro.



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