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martes, 27 de enero de 2009

El Gato


Su mujer no habría perdonado, que hubiese dejado caer al vacío a este maldito bicho equilibrista. Con los ojos cerrados, incapaz de articular una palabra por el vértigo, sentía acartonarse sus dedos sujetando a duras penas la parte exterior del balcón en obras, las piernas doloridas rígidas por el esfuerzo, los dedos de los pies intentando inútilmente aferrar la lisa pared. A lo lejos se oye ulular una sirena, ¡por fin!, alguien debe haber visto lo sucedido.

No, no… puedes caerte, ven bonito, alguien dejo de nuevo abierto el balcón… ¿Cariño donde estas? el café se está enfriando, ¡vaya! otra vez las sirenas, deberíamos considerar la opción de cambiar de barrio, este se está volviendo muy inseguro.

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