
Cuando empecé a escribir, no levantaba más que un metro del suelo, y lo que me movía a buscar la compañía de mi libreta de cuadritos y mi bolígrafo que se atascaba siempre, (pero nunca cambie por que había sido un regalo de ella y no quería perderlo) fue la soledad, tan dolorosa que solo se me olvidaba un poco, cuando ponía sobre el papel cuanto me dolía, así llenando hojas de aquel cuaderno (que todavía conservo) pase el último año de mi infancia.
Después inevitablemente me hice mayor y fui consciente de las cosas que pasaban y con las que no comulgaba en absoluto , pensé que podía hacer algo para cambiar, para intentar ser mejor y hacer el mundo en la medida que pudiera un poco más habitable, por supuesto que adolescente no ha pensado en ello, yo no iba a ser diferente y desde luego a nadie interesaba lo que yo dijera o escribiera; la de cuadernos que me quitaron y rompieron, los profesores, algún que otro cura, y algún agente de la autoridad.
Me vi en algunos líos por plasmar mis ideas en el papel. Entonces aprendí que las ideas si no son las que se espera que tengas traen problemas y ese descubrimiento me encanto. A partir de ahí aprendí mucho mejor a dejar mis miedos, frustraciones, alegrías, odio, dolor, celos, amargura, y sobre todo vida, la mía y la que había a mi alrededor sobre el papel.
Hoy sigo aquí, con mis textos planteándome unas cien veces cada día dejar de escribir…pero cada día es inevitable, vuelvo y de nuevo empiezo a llenar otra página.
Si me lo preguntáis: no sé porque escribo, si se en un lugar muy escondido de mi interior que necesito escribir, es algo que tengo conmigo misma…



